El señor de los rulos con galera
tiene miedo, algo lo bloquea, no puede moverse. No es algo mental, ni un pensamiento,
ni una idea, es simplemente inmovilidad, un hasta ahí que lo contiene y lo
detiene, un bloqueo sin más, sin pregunta, sin interrogante, simplemente el
bloqueo está ahí para no irse, no moverse.
Acude al psiquiatra, lo medican.
Tres terapeutas consecutivos intentan levantar el bloqueo, y son bloqueados.
Una mañana buscando apoyarse
sobre ese muro de cristal que lo detiene, cae al suelo, el muro no está. Se
levanta, supera el bloqueo, salta, vuela con sus rulos al viento y su galera,
cae con sus manos, gira, se impulsa, vuelve a volar, feliz y alto.
Está donde nunca estuvo, llega
hasta donde nunca había llegado, hace lo nunca hecho, y siente, siente un vacío
inmenso, el vacío de la libertad, la abrumadora nada insondable, y cae, cae
hacia un infinito desconocido, sin bloqueos, con la balsa hundida por la fuerza
terapéutica, cae hasta un infinito donde nadie ya puede encontrarlo, ni los
sanos, ni los locos, ni los suyos, ni los otros, ni él mismo.

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